Caracas, a los veintiún días del mes de junio, dos mil diecisiete.
Querida Mathilda.
Estoy aquí sentado frente a un vacío sin saber qué decir, estoy yaciendo en derredor de un abismo sin saber cómo sentirme: si feliz de estar fuera de él o triste por estar a punto de caer.
Creo que en memoria de lo que alguna vez el cielo llegó a pintarnos, debo, quizá, soltar un par de palabras. Es difícil para mí porque he sido traicionado muchas veces. No tienes ni idea de cuánto me duelen las traiciones. ¿Nunca te han clavado un cuchillo en el centro del estómago? A mí tampoco, pero tengo cicatrices allí. ¿Puedes explicarme eso? ¿Sabes qué es lo peor? No, eso no es lo peor, lo peor es que cuando me toco, me duele. Pero, ya sabes que no le tengo miedo al dolor. O, bueno, ya a estas alturas no sé si lo sabes, Mathilda. Lo cierto es que uno tiene como tres ámbitos fundamentales en la vida. En los tres estoy casi muerto. Es como si cada uno de ellos sumara un poquito y por eso me mantengo con vida, pero es difícil mantenerse así, es una tortura. ¿Me lo preguntas? Hmm, sí, quizá preferiría tener un ámbito vivo como un sol en verano y los otros dos muertos como un clavel en invierno. Pero nuestras preferencias, en el fondo, no importan. Y cuando importan, son irrelevantes. ¿Lo entiendes, Mathilda? Cuando escoges tu chupeta de un sabor u otro, en realidad no estás escogiendo nada; eres víctima de una estafa. Es un falso libre albedrío.
No divagaré. El punto es que estoy en una época muy sensitiva, digamos que todo me afecta y cada polilla me carcome y me hace sentir inmóvil frente a estas brisas que acarician mis hojas en un principio, pero que después las golpean como si no hubiese existido nunca aquel armisticio. Es traición. Siempre es traición. ¿Sabes quién es el único que te puede traicionar? El que te es fiel. Porque fidelidad es traición. Y traición, aunque duela, es fidelidad. No se puede extrañar algo que nunca se tuvo, solo se anhela. Y anhelar no es lo mismo que extrañar. Cuando anhelas algo no lloras, Mathilda. Cuando anhelas algo no lloras. ¿Sabes lo que es extrañar, Mathilda? No es un concepto muy complicado. ¿Quieres probar? ¿Harías este experimento conmigo? Prometo que no será muy difícil, Mathilda. Vale. ¿Lista? Es fácil. Inhala una gran cantidad de aire y contén la respiración hasta que no puedas más. ¿Ya sabes lo que es extrañar, Mathilda? No, en realidad no, porque es aún peor.
¿Recuerdas la maldición que te comenté hace años? Qué difícil se me hace en ocasiones mantenerme sobrio en algunos aspectos de fantasía. No lo sé, pero cuando alguien que te importa lo suficiente te dice que se irá, no es porque quiera irse, porque el que quiere irse no dice que se irá, el que quiere irse se va y ya, así que solo está esperando que le preguntes lo más mínimo, algo así como un "¿Llevas suéter?", para contestarte algo muy ambiguo, algo así como "¿Por qué preguntas eso?". No soy experto, Mathilda, pero, ¿sabes cuál es la mejor manera de mantener a alguien con vida? Preguntándole cosas. Le das una razón para vivir. ¿Acaso no vivimos buscando respuestas? Cuando a ti te preguntan algo, la primera respuesta no se la das al que te pregunta, la primera respuesta la recibes tú mismo. El cerebro siempre será más rápido que la lengua, excepto en los deja vues. Por eso, quizá, cuando alguien que nos importa nos dice que se nos va, siempre debemos preguntarle algo, es como regalar oxígeno a quien contiene la respiración. ¿Lo entiendes? La peor manera de extrañar a alguien no es cuando no lo tienes del todo, es cuando se te está yendo a la nada. Lo importante siempre será sobreponerse y perseverar. ¿Te imaginas cómo sería el mundo si todos nuestros antepasados se hubiesen rendido al primer intento fallido? Es difícil de imaginar, pero, imagina por un momento que todas las grandes "cosas" de la historia sucedieron al cuarto intento. Te pondría el ejemplo de las bombillas de Edison, pero creo que es mejor que lo averigues tú misma, Mathilda.
Todos necesitamos sentirnos necesitados, si no, ¿para qué vivir? Si diéramos igual, ¿para qué existir? Desde pequeños sabemos que no damos igual por el genuino hecho de que tenemos personas que nos atienden, de mil maneras insospechadas, y quizá de diez conocidas, pero esas maneras insospechadas no pasan desapercibidas para nuestro cerebro, y son esos motivos internos para vivir que nunca sabremos describir. ¿Acaso no nos hemos sentido solos (entiéndase sin ninguno de esos diez motivos conocidos) más de mil veces en la vida? ¿Por qué, entonces, Mathilda, no nos hemos quitado la vida en al menos una de esas mil veces? No lo sabemos, y es porque no lo sospechamos. Motivos insospechados que nos hacen sentir necesitados. En el fondo siempre sabemos que nos necesitan, o que simplemente no damos igual en la ecuación, que no somos un simple cero sumado o restado, sino que podemos ser un cero, pero multiplicado o dividido, uno que cambia el resultado. ¿Entiendes, Mathilda? Ser un cero no siempre significa no significar nada. El cero siempre lleva más allá las cosas. Gracias al cero existen los límites matemáticos, y gracias a ellos descubrimos las asíntotas, y gracias a ellos llegamos a los infinitos. Es justo como aquella curiosa fábula de las funciones. Te cuento. Estaban todas, un día, en una pequeña reunión. La función racional, la radical, la logarítmica, la cuadrada, la trigonométrica, etc. Pero la función exponencial estaba alejada del grupo, por allá, en una esquina. De repente, las otras funciones le dicen, "Oye, exponencial, ¡intégrate!" Y ella, sobriamente responde: "¿Para qué, si da igual?". Son contadas las personas que pueden entender esa abominación, pero es más simple de lo que parece: la integral de la función exponencial es ella misma. No cambia. El punto es que ella tiene que estar allí, en esa reunión, porque simplemente sin ella no podríamos resolver aquella famosa indeterminación del infinito elevado a la cero. Sí, otra vez el cero. ¿Lo entiendes, Mathilda? Motivos insospechados.
Es sencillo, pero difícil. ¿Sabes que complejo no es difícil? ¿Sabes que sencillo no es fácil? Es decir, difícil no significa no sencillo, y complejo no significa no fácil, sino más bien difícil puede ser sencillo y complejo puede ser algo fácil. ¿Sí? Piénsalo. Por eso un segundo intento nunca está de más, ni un tercero, ni un cuarto, ni un quinto. Porque cada uno de esos se vuelve uno de esos motivos insospechados. Hasta que ¡ding!, la bombilla enciende, y cambias el mundo. ¿Ya averiguaste? Imagínate, entonces, este mundo a oscuras. ¿Has visto una de esas calles sin lumbre alguna de las noches de tu vida? Aterrador.
¿Llevas suéter? Sí.
¿Ya? ¿Hasta ahí? Sería fácil. Es que si hay algo fácil en la vida es rendirse. Quizá sea complejo, porque lo debes pensar tanto que casi explotas, pero nunca será difícil. ¿Que qué hay en contra de lo fácil? Pues, a ver. ¿Qué es lo primero que haces por las mañanas, Mathilda? Lavarte. Vale, siempre estás limpia, ya no tienes porque hacerlo. ¿Hacer tus necesidades? No, ya no tienes intestinos. Tampoco vejiga. Olvida los riñones. ¿Desayunar? No, no tienes estómago. Vale, ¿ir a la escuela? No, ya lo sabes todo. ¿Trabajar? Tienes todo el dinero del mundo. Trabajo porque me gusta. ¿Haciendo qué? Doy clases. Ya todos saben todo. Limpio las calles. Siempre están limpias. Reparo motocicletas. Nunca se dañan... Ya, déjalo así Mathilda. ¿Acaso no entiendes? La vida fácil es vida sin sentido. Despiértate un día y piensa que todo lo que tuvieras que hacer no necesitaras hacerlo. Todo. Nada. Hasta el ocio: vives entretenido. Hasta el placer: vives en éxtasis. Hasta la socialización: vives bien sola. Todo. Nada. Cada vez que hacemos algo fácil le quitamos un poquito de sentido a la vida. Y sí, a veces hace falta, pero, ¿acaso tenemos el derecho de quitarle sentido a una persona? ¿Qué se siente tener sentido para alguien un día y al otro no? ¿Sabes lo que es el sinsentido? Imagina que siendo niña, tu mamá un día despierte, vea tu rostro y no lo reconozca. ¿Qué se sentiría, Mathilda? ¿Qué implicaría, Mathilda? ¿Lo aceptarías, Mathilda?
No, no he divagado. Analiza bien de lo que estamos hablando. En el fondo solo es un intento por mostrarte cómo pienso con respecto a todo aquello y todo esto. A veces creo que ni siquiera sabes mi nombre. ¿Acaso lo sabes?
Después de todo no hemos sabido ser ni estar, Mathilda. ¿Puedes reconocerlo? Quizá pronto te irás y ya yo no significaré más; o quizá vengas y signifique quizá más. El futuro es impredecible. Pero por el momento te da igual, y está bien por mí, porque realmente no puedo permitirme seguir siendo afectado por minuciosos cristales punzantes que para ti son diminutos pero que para mí son mortales.
Me despido entonces, Mathilda.