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Carta a un suicida

Dos mil diecisiete.




Hola.

Al grano. Me he enterado de que te quieres suicidar. Te conozco desde ya hace unos años, pasé contigo momentos inolvidables, momentos que marcaron mi vida y que sin duda nunca olvidaré. Me hiciste ver el mundo con otros ojos, me enseñaste muchísimas cosas. Contigo y de tu mano sentí mil experiencias únicas y mil sentimientos inigualables. En aquellos momentos eras de esas personas que siempre había querido conocer, hasta que te conocí. Parecía un sueño. Ya no recuerdo cuántas veces te dije que te amaba, que te quería, que te adoraba. No recuerdo cuántas veces te dije lo importante que eras para mí y todo lo que sería capaz de hacer por ti. Incontables veces te comenté todo lo que significabas para mí, todo lo que sentía por ti. ¿Sabes? Nunca hallaba cómo agradecerte por tanto, era imposible expresar todo aquello en palabras. Nunca hallaba, tampoco, cómo describir todos aquellos sentimientos y todas aquellas emociones y experiencias. Era como salir a pasear por las estrellas y ver las constelaciones de cerca, las estrellas explotar y el sol brillar. De nube en nube. Esa sonrisa, esos ojos llenos de tanto, esas mejillas siempre cautivadoras. Las pestañas... ¿cómo olvidar tus pestañas? Tus labios siempre fueron objeto de deseo. Tu cabello, tus manos, tu figura. Tú. Inenarrable. Me preguntaba constantemente cómo haría para vivir sin ti si algún día me faltabas. Eso creo que lo recuerdas. A veces me daba miedo. Pero siempre lo superé. No sé, creo que el amor tan infinito me ayudó mucho. Amor inagotable, amor sin fin. Sin duda alguna marcaste mi vida. 

Para siempre.

Pero para siempre es una cantidad de tiempo muy corta. Entonces, ya no me importas. Y si te quieres suicidar, hazlo. Ya no me importa hablar contigo, ni me interesa si te despides de mí y me dices que te irás y que te alejarás y que luego te matarás. Me vale poco mantener mi palabra sobre todo aquello que dije, y me importa poco cumplir las promesas, pues creo que las rompí todas ya. Realmente ya no me importa si sabes o no que te amo o te amé, porque ya ni yo sé si alguna vez lo hice o lo volveré a hacer. O si lo hago. No sé. Si te matas creo que fingiré sorpresa y lloraré pero en el fondo me dabas igual, y sabes, no hice nada para impedirlo así que quizá me sienta mal pero lo cubriré rápidamente porque obviamente no puedo permitirme sentir un malestar por algo así, menos por algo muerto. ¿No te das cuenta? Ya no te busco, ya no te necesito. Cuando me enteré quise escribir esto para que sepas todo y lo tengas todo claro antes de que lo hagas. Sé lo que te debes estar preguntando, pero sí, a mí también me sorprende cómo cambian las personas. Yo no soy la excepción. Simplemente ya no me importas. ¿No lo entiendes? El interés no es infinito. La gente no está para siempre siempre, solo para siempre. Para siempre irse. ¿Que cómo puedo hacerlo? ¿Que cómo se me hace tan fácil? No lo sé, supongo que es auto-protección. Me cubro del dolor. ¿Quién quiere venir a este mundo a sufrir aparte de ti? Nadie. Eres un abril sombrío lleno de púas. ¿Quién te puede querer así? Sí, quizá por unos meses, un par de años, pero más no. Todos se cansan de ti, y todos se cansarán de ti. Ya lo sabes, siempre lo has sabido. Nadie da un centavo por alguien como tú. ¿Quién en su sano juicio querría siquiera abrazarte? Eres deplorable, es casi imposible sentir cariño por ti. ¿Que te sientes mal? ¿Y a mí qué? ¿Que quieres llorar? ¿Y a mí qué? Entiéndelo por favor, vinimos solos, nos vamos solos. Aquí en eso de la lealtad y la incondicionalidad solo crees tú. Bien tonta aquella persona que se crea esos discursos, o sea, tú. ¿Sabes que es lo peor para ti? Que todo es cierto, es decir, que al fin y al cabo no hiciste mal en creer, tu gran error fue creer que las cosas no iban a cambiar. Todo cambia. Todo se termina. ¿Crees que te iba a decir "ay no, no lo hagas"? Qué va. Si te mando a la mierda en vida más aún te puedo mandar a la mierda en muerte. Es decir, mira mis actos. ¿Qué te dicen mis actos? ¿Te busco? ¿Te escribo? ¿Te llamo? ¿Te abrazo? ¿Estoy para ti? ¿Pregunto por ti? Por dios, date cuenta de que ya no eres nadie en mi vida. Bájate de esa estúpida nube y aterriza. Iluso.

Tú siempre lo dijiste, siempre se irán.

Sin más, mátate.





Escritos, vol. 4





Caracas, a los veintiún días del mes de junio, dos mil diecisiete.

Querida Mathilda.

Estoy aquí sentado frente a un vacío sin saber qué decir, estoy yaciendo en derredor de un abismo sin saber cómo sentirme: si feliz de estar fuera de él o triste por estar a punto de caer. 

Creo que en memoria de lo que alguna vez el cielo llegó a pintarnos, debo, quizá, soltar un par de palabras. Es difícil para mí porque he sido traicionado muchas veces. No tienes ni idea de cuánto me duelen las traiciones. ¿Nunca te han clavado un cuchillo en el centro del estómago? A mí tampoco, pero tengo cicatrices allí. ¿Puedes explicarme eso? ¿Sabes qué es lo peor? No, eso no es lo peor, lo peor es que cuando me toco, me duele. Pero, ya sabes que no le tengo miedo al dolor. O, bueno, ya a estas alturas no sé si lo sabes, Mathilda. Lo cierto es que uno tiene como tres ámbitos fundamentales en la vida. En los tres estoy casi muerto. Es como si cada uno de ellos sumara un poquito y por eso me mantengo con vida, pero es difícil mantenerse así, es una tortura. ¿Me lo preguntas? Hmm, sí, quizá preferiría tener un ámbito vivo como un sol en verano y los otros dos muertos como un clavel en invierno. Pero nuestras preferencias, en el fondo, no importan. Y cuando importan, son irrelevantes. ¿Lo entiendes, Mathilda? Cuando escoges tu chupeta de un sabor u otro, en realidad no estás escogiendo nada; eres víctima de una estafa. Es un falso libre albedrío.

No divagaré. El punto es que estoy en una época muy sensitiva, digamos que todo me afecta y cada polilla me carcome y me hace sentir inmóvil frente a estas brisas que acarician mis hojas en un principio, pero que después las golpean como si no hubiese existido nunca aquel armisticio. Es traición. Siempre es traición. ¿Sabes quién es el único que te puede traicionar? El que te es fiel. Porque fidelidad es traición. Y traición, aunque duela, es fidelidad. No se puede extrañar algo que nunca se tuvo, solo se anhela. Y anhelar no es lo mismo que extrañar. Cuando anhelas algo no lloras, Mathilda. Cuando anhelas algo no lloras. ¿Sabes lo que es extrañar, Mathilda? No es un concepto muy complicado. ¿Quieres probar? ¿Harías este experimento conmigo? Prometo que no será muy difícil, Mathilda. Vale. ¿Lista? Es fácil. Inhala una gran cantidad de aire y contén la respiración hasta que no puedas más. ¿Ya sabes lo que es extrañar, Mathilda? No, en realidad no, porque es aún peor.

¿Recuerdas la maldición que te comenté hace años? Qué difícil se me hace en ocasiones mantenerme sobrio en algunos aspectos de fantasía. No lo sé, pero cuando alguien que te importa lo suficiente te dice que se irá, no es porque quiera irse, porque el que quiere irse no dice que se irá, el que quiere irse se va y ya, así que solo está esperando que le preguntes lo más mínimo, algo así como un "¿Llevas suéter?", para contestarte algo muy ambiguo, algo así como "¿Por qué preguntas eso?". No soy experto, Mathilda, pero, ¿sabes cuál es la mejor manera de mantener a alguien con vida? Preguntándole cosas. Le das una razón para vivir. ¿Acaso no vivimos buscando respuestas? Cuando a ti te preguntan algo, la primera respuesta no se la das al que te pregunta, la primera respuesta la recibes tú mismo. El cerebro siempre será más rápido que la lengua, excepto en los deja vues. Por eso, quizá, cuando alguien que nos importa nos dice que se nos va, siempre debemos preguntarle algo, es como regalar oxígeno a quien contiene la respiración. ¿Lo entiendes? La peor manera de extrañar a alguien no es cuando no lo tienes del todo, es cuando se te está yendo a la nada. Lo importante siempre será sobreponerse y perseverar. ¿Te imaginas cómo sería el mundo si todos nuestros antepasados se hubiesen rendido al primer intento fallido? Es difícil de imaginar, pero, imagina por un momento que todas las grandes "cosas" de la historia sucedieron al cuarto intento. Te pondría el ejemplo de las bombillas de Edison, pero creo que es mejor que lo averigues tú misma, Mathilda. 

Todos necesitamos sentirnos necesitados, si no, ¿para qué vivir? Si diéramos igual, ¿para qué existir? Desde pequeños sabemos que no damos igual por el genuino hecho de que tenemos personas que nos atienden, de mil maneras insospechadas, y quizá de diez conocidas, pero esas maneras insospechadas no pasan desapercibidas para nuestro cerebro, y son esos motivos internos para vivir que nunca sabremos describir. ¿Acaso no nos hemos sentido solos (entiéndase sin ninguno de esos diez motivos conocidos) más de mil veces en la vida? ¿Por qué, entonces, Mathilda, no nos hemos quitado la vida en al menos una de esas mil veces? No lo sabemos, y es porque no lo sospechamos. Motivos insospechados que nos hacen sentir necesitados. En el fondo siempre sabemos que nos necesitan, o que simplemente no damos igual en la ecuación, que no somos un simple cero sumado o restado, sino que podemos ser un cero, pero multiplicado o dividido, uno que cambia el resultado. ¿Entiendes, Mathilda? Ser un cero no siempre significa no significar nada. El cero siempre lleva más allá las cosas. Gracias al cero existen los límites matemáticos, y gracias a ellos descubrimos las asíntotas, y gracias a ellos llegamos a los infinitos. Es justo como aquella curiosa fábula de las funciones. Te cuento. Estaban todas, un día, en una pequeña reunión. La función racional, la radical, la logarítmica, la cuadrada, la trigonométrica, etc. Pero la función exponencial estaba alejada del grupo, por allá, en una esquina. De repente, las otras funciones le dicen, "Oye, exponencial, ¡intégrate!" Y ella, sobriamente responde: "¿Para qué, si da igual?". Son contadas las personas que pueden entender esa abominación, pero es más simple de lo que parece: la integral de la función exponencial es ella misma. No cambia. El punto es que ella tiene que estar allí, en esa reunión, porque simplemente sin ella no podríamos resolver aquella famosa indeterminación del infinito elevado a la cero. Sí, otra vez el cero. ¿Lo entiendes, Mathilda? Motivos insospechados.

Es sencillo, pero difícil. ¿Sabes que complejo no es difícil? ¿Sabes que sencillo no es fácil? Es decir, difícil no significa no sencillo, y complejo no significa no fácil, sino más bien difícil puede ser sencillo y complejo puede ser algo fácil. ¿Sí? Piénsalo. Por eso un segundo intento nunca está de más, ni un tercero, ni un cuarto, ni un quinto. Porque cada uno de esos se vuelve uno de esos motivos insospechados. Hasta que ¡ding!, la bombilla enciende, y cambias el mundo. ¿Ya averiguaste? Imagínate, entonces, este mundo a oscuras. ¿Has visto una de esas calles sin lumbre alguna de las noches de tu vida? Aterrador.

¿Llevas suéter? Sí.

¿Ya? ¿Hasta ahí? Sería fácil. Es que si hay algo fácil en la vida es rendirse. Quizá sea complejo, porque lo debes pensar tanto que casi explotas, pero nunca será difícil. ¿Que qué hay en contra de lo fácil? Pues, a ver. ¿Qué es lo primero que haces por las mañanas, Mathilda? Lavarte. Vale, siempre estás limpia, ya no tienes porque hacerlo. ¿Hacer tus necesidades? No, ya no tienes intestinos. Tampoco vejiga. Olvida los riñones. ¿Desayunar? No, no tienes estómago. Vale, ¿ir a la escuela? No, ya lo sabes todo. ¿Trabajar? Tienes todo el dinero del mundo. Trabajo porque me gusta. ¿Haciendo qué? Doy clases. Ya todos saben todo. Limpio las calles. Siempre están limpias. Reparo motocicletas. Nunca se dañan... Ya, déjalo así Mathilda. ¿Acaso no entiendes? La vida fácil es vida sin sentido. Despiértate un día y piensa que todo lo que tuvieras que hacer no necesitaras hacerlo. Todo. Nada. Hasta el ocio: vives entretenido. Hasta el placer: vives en éxtasis. Hasta la socialización: vives bien sola. Todo. Nada. Cada vez que hacemos algo fácil le quitamos un poquito de sentido a la vida. Y sí, a veces hace falta, pero, ¿acaso tenemos el derecho de quitarle sentido a una persona? ¿Qué se siente tener sentido para alguien un día y al otro no? ¿Sabes lo que es el sinsentido? Imagina que siendo niña, tu mamá un día despierte, vea tu rostro y no lo reconozca. ¿Qué se sentiría, Mathilda? ¿Qué implicaría, Mathilda? ¿Lo aceptarías, Mathilda?

No, no he divagado. Analiza bien de lo que estamos hablando. En el fondo solo es un intento por mostrarte cómo pienso con respecto a todo aquello y todo esto. A veces creo que ni siquiera sabes mi nombre. ¿Acaso lo sabes?

Después de todo no hemos sabido ser ni estar, Mathilda. ¿Puedes reconocerlo? Quizá pronto te irás y ya yo no significaré más; o quizá vengas y signifique quizá más. El futuro es impredecible. Pero por el momento te da igual, y está bien por mí, porque realmente no puedo permitirme seguir siendo afectado por minuciosos cristales punzantes que para ti son diminutos pero que para mí son mortales.

Me despido entonces, Mathilda.







Escritos, vol. 3





Caracas, quince de junio del dos mil diecisiete.

Amada.

Escribo esta carta con un motivo muy especial. Un motivo tan especial que es inédito en mi corta vida, pues su presencia nunca había antes alumbrado mis senderos. Las acciones que me caracterizan siempre se dan el lujo de prescindir de este tipo de motivos, y por siempre pospuestas quedan las -sobrevaloradas- intenciones. Prometo no alargarme ni quitarte mucho tiempo; obviaré muchas cosas para no hacer de esto una obra de Will Shakespeare.

Desde hace mucho tiempo las cosas han cambiado. Lo he venido notando y mi muerte ha sido lenta, duradera y parcialmente insoportable. O mejor dicho: poco a poco más insoportable. Hasta que llegara el dia de hoy, el límite. Porque todo tiene límites, ¿cierto? Es mera física, termodinámica, matemática, amada. Hay límites buenos, hay límites malos, pero creo que este no es ninguno de los dos, simplemente es un límite. Un límite contemporáneo, un límite no definido, porque definir es limitar, según Wilde, ¿y cómo íbamos a atrevernos a limitar un límite? Un límite moderno, quizá homosexual.

En mi espera sufrí internamente porque siempre estuve lleno de múltiples sentimientos, era increíble como intentaba negarlo mi semblante pero más increíble -y alucinante- como mi corazón nunca se atrevió. Mi alma siempre me defraudó y me dejó mal parado; hasta parado. Solo tu dios sabe cuántas cosas hice, cuántas cosas pensé, cuánto soñé. El destino nunca existió porque siempre fueron los destinos, dos; esas cosas, escribirlas, te rompen el corazón. ¿Hasta cuando tanta añoranza y desilusión? Al sol de hoy todas las verdades están ocultas porque el destino de ellas si existe, y siempre estuvo en las cuevas, en miserables excavaciones sin objetivo más injusto que el que precisamente tenian. La injusticia siempre reinó.

Esas verdades nunca saldrán a flote; nunca sabré, ni siquiera yo, tantas cosas. La vida se nos escapa persiguiendo utopías que van más rápido que nosotros, cuando deberíamos simplemente limitar nuestros horizontes, para poder al fin saber quiénes somos. ¿No? No, está bien. Corre, Forrest. Yo también corro, consciente de ello.

Lo cierto es que el dolor ya es completamente insoportable, y te has vuelto una carga en mi noble corazón, uno que ya no puede soportar la ausencia de aquel amor de antaño tan intenso e incondicional. Me resigno a perder algo que ya he perdido. ¿Qué clase de tortura macabra es esta? Mis venas tienen tu sangre y las tuyas tienen solo sangre, como si el planeta se detuviera por un segundo para gritarme que ya no puedes vivir. ¿Por qué? No es egoismo común, es un egoísmo color turquesa, un egoismo con tintes morados y azules, verdes y hasta grisáceos, un egoísmo hijo de Afrodita y Ares. Es decir, esa es la gota que le hace falta a un amor de verdad, y es la gota que solo busca la felicidad. 

La felicidad es individual, no presume de hipocresías ni pretende tener máscaras, detesta el drama y aborrece los vestidos. La felicidad va desnuda por la vida cogiéndose a quien quiera, y sumergiéndose en las almas de los más despistados. Por eso es individual, porque no pregunta nombre ni estado civil, menos apellido o cantidad de hijos; solo busca libido. Por eso, y siempre más, el dolor es insoportable.

¿Ya da igual, no? Todo lo hemos tirado al caño, y las cintas y las grabaciones se han extraviado, las fotos y las cartas se han quemado, y hasta los sentimientos parecen esfumados. Aqui no, sorpresa. No. No me vas a mentir. No me vas a ver con esa cara, no me vas a convencer de lo contrario. Es simple: creo lo que veo. Por eso no he podido creer en dios, ni en el más allá. Y, atención, si un día viera a dios, y al otro día no, no creería en él tampoco. ¿Ahora entiendes? Un dia creí, luego ya no. Y sí, quizá estoy influenciado por muestras patológicas ajenas que me han hecho comprobar que la individualidad es distinta al egoismo. Porque la individualidad azabache no es amor, mi amada, y el egoismo turquesa, sí lo es. 

Te me has vuelto azabache.

Por eso, y siempre más, el dolor es insoportable. No mucho tiene que ver con las malas nuevas, porque sé qué lugar ocupo en ciertos sitios, pero la ironía de que mis ojos no reciban ni la duodécima parte de lo que solía recibir, y más aún, de lo que hoy se regala a ríos del primer mundo, mata. Golpea. En ese orden. Es horrible. ¿Cómo quieres que le explique a esos ojos que ya no quiero verlos más porque ya ellos no me miran como mis recuerdos susurran? ¿Cómo le explico a tus sonrisas que me duele sentirlas falsas? ¿Cómo le explico a mi ego turquesa que ya no me necesitas, azabache? ¿Cómo, si él se muere por ti? ¿Cómo le digo a este corazón que ya no mande sangre turquesa a tu ventriculo si ya solo se contaminará de azabache y perderá su magia? Pues, hoy lo estoy haciendo.

Creo que no tienes ni las más mínimas ideas. A pesar de múltiples aversiones, te amé siempre más de lo que pensaste que te quería, y estuve tan sumergido que tuve que salirme de pronto porque ya estaba medio dormido en una somnolencia peligrosa, en la cual los destinos eran trágicos y desvalidos. Me duele tener que renunciar a una de las pinturas más hermosas de mi vida. Tus ojos, tu sonrisa. Las palabras más llenas y a su vez las más vacías. Y así mil más. Tus piernas abiertas frente a mí con tu pecho al descubierto serán el óleo central de un museo bajo tierra, imposible de alcanzar para cualquier mortal. Y yo soy mortal, aunque me crea un dios. La peor parte es que los sueños de aquel que mata sueños siempre permanecen despiertos, ¿quién me hace a mi el favor? Venga, ¿quién mata a la muerte, mi amada? Un sueño eterno es el limbo que no quiero soportar, y por eso el suicidio dentro de él es la única opción para despertar. Aunque siempre lo he de recordar. Duele saber que una parte de mi corazón será para siempre irrecuperable, porque los fantasmas han embrujado cada cuarto y cada pared, cada techo y cada piso, cada ventana y cada puerta; y que la vida en ese sueño ha sido en vano, porque lo irrecuperable no sirve de nada. Sí, soy adicto a que lo bueno sea eterno. Irónico entonces, que por ponerle la etiqueta de "malo" por un momento a tanto resplandor (que nos cegó), le dieran fecha de vencimiento. Nos jodimos, mi amada.

Por eso, y siempre más, el dolor es insoportable. No quiero reprocharte nada. Asumo toda la culpa, y pongo el pecho para que duela más profundo, y nunca cierre esa herida; porque si hay algo que no tengo en este cuerpo es cobardía, y si hay algo que sobra es abnegación. Tengo vocación de héroe griego, por eso fui, soy y siempre seré un suicida, porque es la cumbre de mi areté, la bella muerte, el kalón. Tú solo fuiste un sol en mi invierno, fuiste una florecilla que iluminó mi otoño, fuiste una lágrima dulce en medio del desierto, fuiste un corazón latiente que transfundió sangre a un corazón que gasta mucha amando al mundo, y que siempre vivía sin casi sangre. Con tu azabache haré unas piedritas y las meteré al congelador, para que sirvan de algo, pero sabré siempre que tienen un alma dentro y que estarán en un recuerdo que, así yazca muerto, tendrá viva su esperanza, una que dentro de nuestro mundo no sirve de nada, pero que en el de ellas, sí.

Cerrar puertas no es lo mío, pero esta la he tirado abierta al vacío.

Siempre con más que añadir, me despido.






Lágrimas





Las lágrimas
me salen de las ideas,
y de las ideas
me salen lágrimas.

Las lágrimas
me salen de los sentimientos,
y de los hermosos momentos
me salen lágrimas.

Las lágrimas
me salen de los recuerdos,
y de los que me acuerdo
me salen lágrimas.

Las lágrimas
me salen de las velas
así como de tus telas,
me salen lágrimas.

Las lágrimas me pasean, me recorren, en mi piel se regodean, hacen suyas mi esperpento y se alimentan de mi arrepentimiento, viven para pasear en mis tristezas y caminan para respirar mis melancolías, mis infinitas miradas vacías y las penas de mis cabezas; susurran en mis oidos múltiples sinfonias carentes de alegría, irreverentes a las sonrisas y asesinas de mejillas, esas que como azúcar, se desinflan si el agua les acaricia.

Mejillas de azúcar,
lágrimas de sal.

Agridulce.

Las lágrimas están por todos lados, en todas las paredes, en todos los cuadros, en todos los ojos y en todos los caldos; en las noches y en los días, en las realidades y en las fantasías, en las ideas y en las mías; están en la luna y en el sol, en el del amanecer resplandor, y en el del ocaso último fulgor. Están allí, como una faceta de la soledad, como la máscara que mas le gusta cargar. Están allí como una extensión de la desesperanza, de la impotencia, de la añoranza, del dolor y su mestizaje, que hace hijos con el coraje, la ira y la violencia, que nunca pierde su esencia.

Poligamia en la consciencia.

No lo sé,
esto solo es llorar,
esto es solo llorar,
esto llorar solo es,
llorar solo esto es,
llorar es esto solo;

escribir esto solo.



Es difícil, pero no es dificil.

Solo soy un humano.






Tengo una novia




Tengo una novia
que me toma de los dedos
y me besa a cada rato.

Tengo una novia
que me corta la respiración
mientras poco a poco la mato.

Tengo una novia
que no agrada a todo el mundo,
y que anda en malos pasos.

Tengo una novia
que me lleva al inframundo,
y me promete un marcapasos.

Tengo una novia que me quiere ver desnudo
anudando mis fracasos, y que me deja siempre mudo
mientras aspiro sus pedazos.

Tengo una novia a la cual no ayudo,
ignorándo su embarazo, del cual yo siempre dudo
por lo complejo de este caso.

Esta novia echa humo,
cuando le saco los retazos
de traumas que consumo
que se sienten como balazos,

luego yo, echo humo
cuando ella me cede el paso,
pero yo nunca asumo
la culpabilidad, siempre paso.

Siempre la llevo a las ventanas,
puertas, abiertos espacios;
la presumo, paseo,
¡qué lindo cabello lacio!,
luego la extingo y me mareo
mientras mis nunca benevolentes deseos inertes sacio.

A veces la comparto, la regalo;
me cansa de vez en cuando,
me afloja las piernas:
en el sexo me va castrando.

(Algunos a veces la ven, sin querer,
y suspiran, y aspiran, sin saber,
que con solo ver, se están matando.)

Tengo una novia
que me toma de los dedos
y me besa a cada rato.

Tengo una novia
que me corta la respiración
mientras poco a poco la mato.

Esta es mi novia, mírenla bien,
es ella, malditos ingratos.

Esta es mi novia, sépanlo bien,
la que me cubre mientras me mato.