Cangrejo
Raro vaivén, dulce vuestra eternidad.
Dulce amarga porque está necesariamente en soledad,
agridulce porque está vacía en tiempos de austeridad.
Insatisfacción y descontrol, sois pasión sin diques,
refugiados sin fronteras,
rostros sin tabiques, Arezzo sin quimera.
Indignificante actuación de ánimas desaparecidas,
subsiguiente división de páginas preestablecidas.
Porque no es lo mismo al ver detrás que ver delante,
al notar sin duda que no existe alma que lo aguante.
El cambio ha golpeado vuestro rostro con aires de sortilegio,
sin castillo, sin rey, sin caballos regios.
¿Y quién os ha de comprender doncella ajena?
Si no es otro que aquel que te enajena.
Heme aquí rodeado de caimanes de río,
y entonces me preguntáis por qué sonrío.
Es que si a vuestros ojos de lagarto enamoré con un arma simple,
qué diferencia habría de existir con otros ojos de la misma estirpe.
Ya mis pies besan y serenan,
ya vuestra piel corroe y jadea,
es hora y momento,
deja que os vea.
Porque entiendo bien a diferencia de los demás
(ha de ser porque os tengo siempre en mi entrecejo),
que vos sois de las que va hacia delante y hacia atrás,
como el cangrejo.