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El Mañana






En esta historia triste se escuchan millardos de disparos, la noche aunque tan oscura, alumbra; el palpitar de sus emociones se escucha a decenas de metros, he allí el epicentro de esta amarga guerra. Desunión que inflige daños a cada poro neurótico, allá niños desplomados, aquí armas desplegadas, violencia desatada en partes disipadas, engloban a cada hemisferio; aunque diferentes, iguales a carcajadas. Frustración de futuros que destroza corazones al ritmo de un par de hélices, que rompe las miradas, aunque videntes, ciegas; ritmos de sirenas y bombas intocables, palabras que cercenan. He allí el alma arrepentida que clama por piedad ante la destrucción masiva, he aquí mis lágrimas ante tanta tragedia, porque siempre es tarde para pedir paz cuando ya te han disparado en el centro de tus más dóciles sentimientos. Y siempre es tarde para pedir perdón cuando has halado el gatillo. El tiempo no se detiene con el dolor y sigue transcurriendo tal ave buscando entre los escombros algún bien comestible, casi todo antes, casi nada ahora por la calidad inconmensurable de destrucción; inimaginable. Ante aquel atardecer y tras aquella trinchera sigue el alma sollozando con miles de gemidos y gritos silenciosos el perdón de sus víctimas, ya tendidas en el suelo sin pudor, bañadas en los insultos que improperian sus compañeros de sangre, gimiendo por más sangre ante la sangre, esperando librarse de ella a costa de sacarla de los sentimientos del otro; y por aquellas gotas de lluvia tardía llora el refugiado en su solicitud atrasada de misericordia. Justificando en desconocimiento las heridas, sin más que decir, habían llegado las horas más temidas. Fue entonces cuando cayó la noche y el cielo pareció ser el infierno por más de diez horas, a la vez de que cada minuto parecía un ángel, y todo aquello había sido marcado en el apocalipsis de un entero y redondo pecado; que aunque común, al fin y al cabo pecado.

Se sentó el hombre con su arma al lado frente al acantilado,
depuso su orden mientras miraba en la ciudad el desorden,
y... simplemente... decidió esperar.

Algún día llegaría el perdón, y su paz.

To the immortals, Gorillaz.