Lo siento.
Tres veinticuatro,
linda madrugada, otra vez en esa ciudad, caminando, viendo las cenizas de miles
de toneladas cúbicas que alguna vez fueron, ya de la faz de la tierra
desaparecieron, se fueron a ningún lugar. Escucho la guitarra y simplemente
aparecen mis ganas de llorar, me recuerda a aquellas víctimas, me recuerda a lo
que sucedió, al fuego, a las llamas. Mi voz se quiebra mientras acompaño con mi
canto a aquellas lágrimas que suenan como una linda poesía bailable, caribeña,
disfrutable. Pero en ámbitos requeridos simplemente pasa a ser una tortura para
el alma, de esas melodías que inspiran a la muerte y a sus súbditos, no hace
falta buscar las razones de eso, simplemente son una serie de hechos desafortunados.
Luego, la lumbre
natural golpea mi piel con una fuerza que no soy capaz de sentir, los ojos
siempre buscan el suelo, se han enamorado de él, y mis párpados buscan
acercarse a mis mejillas, quizá solo quieren un beso de ellas, o quizá sienten
aquel lúgubre pecado capital, la envidia,
envidia de las lágrimas que abrazan sin cesar a las susodichas, algunas llegan
a los labios, algunas bajan hasta la barbilla, pobres párpados, no pueden hacer nada más que bajar dos centímetros
cuando quieren bajar mil millas.
¿Qué? ¿No lo ves?
Él
no tiene corazón, se mueve sin razón, sin motivos, no tiene conducción, ni de
su vida ni de la de las demás, es un simple y mal poema, cómo va a tener
corazón.
Leía eso y
simplemente sonreía porque el dolor me da risa, porque soy un ser solitario que
solo busca estar más solo cada día, y no porque quiera, sino porque mi cuerpo y
mis palabras rechazan a todo aquel que se quiera acercar, y sí, es porque nadie
merece estar cerca, nadie merece tener cerca a una inminente miseria nominada y
con fecha de caducidad que solo busca en el suelo lo que ha de estar plasmado
en el cielo, escrito con caligrafía borrosa pues… después de la risa vienen las
lágrimas.
***
‒–¿Qué
es lo que quieres?
‒–Ten
piedad, por favor, solo ten piedad.
‒–Pero
si no pienso hacer nada…
‒–Lo
sé, por eso precisamente, por eso.
‒–¿Entonces
lloro en silencio?
‒–No
guardes ese silencio tan inapreciable.
‒–Tú
no te vayas.
‒–Lo
siento mucho, he de irme.
‒–Tú
eres el ser culpable de ese café derramado.
‒–Y
tú la persona culpable de aquella galleta destrozada.
‒–¡Pero
si sabes que no fue mi intención!
‒–Ya
no estaré aquí mi amor.
‒–No,
por favor… ya no quiero eso.
‒–Cambiaré.
‒–No
quiero, no quiero.
‒–¿Y
aquellos besos?
‒–Los
extraño.
‒–Yo
extraño aquella linda sonrisa.
‒–Sigo
extrañando los besos.
‒–¿Por
qué lloras? Maldición.
‒–No
lo puedo evitar, de verdad lo siento.
‒–Escucha
esta canción, escucha estas cuerdas sonar.
‒–Escucha
tú mi corazón.
‒–Desde
un principio está latiendo.
‒–No
es amor, es…
‒–Tampoco
lo sé.
‒–No
sabemos nada, cariño, irónicamente lo sabes.
***
Hundí hasta el fondo
y solo había más agua salada, aceleré y conseguí miles de rostros destrozados por
el dolor, miles de almas perdidas en aquella ciudad ya caótica, y no había
ningún maldito sentido, no había siquiera otro sentido, no había nada más que
cariño desperdiciado, tirado en el suelo, y los padres llorando a sus hijos,
con lágrimas pesadas, ven a mí.
Actuabas tan extraño,
no te entendía, pero quizá solo necesitabas un cambio, uno muy pequeño, quizá
necesitabas que apretara más fuerte en mis abrazos, quizá solo necesitabas que
mordiera más fuerte tus labios, que te mirara más intensamente, que te
despertara; porque todo esto tiene que ser un maldito sueño, no puede ser
posible que me estés abrazando justo ahora. Y me dijiste eso con tu dulce voz,
era la canción que sonaba en la radio:
“Quien
inventó el amor debió dar instrucciones pa’ evitar el sufrimiento.”
Y el impacto
estremecía la ciudad, saltaban las alarmas, y los cuerpos se paralizaban. He
allí el error. La resignación es el veneno del conformismo. Y los vehículos del
estado circulaban a alta velocidad… a muy alta, a una increíblemente alta.
Estaban allí ambos
cuerpos, tomados de la mano, y justo en ese momento pasó uno de esos vehículos,
fue el final de todo, ambos salieron disparados a la velocidad determinada por
el momento lineal del camión de bomberos, cayeron en la línea ya destinada, y
sucumbieron a la realidad, una realidad que se mostraba apenada, pues llegaba
en el momento menos indicado a decir verdad.
Y obviamente las
lágrimas después de ese maravilloso sueño eran las más bonitas de todas, porque
permitían valorar lo que la niebla nos ofrecía cada tarde-noche, lo que los
bosques mostraban después de aquellas hermosas lluvias, y las brisas tan
cálidas que demostraban cariño ensordecedor, pasión, amor.
***
Nueve
y quince, partió el barco sin destino, simplemente navegó, luego se supo que
sucumbió antes de llegar a ver la luna llena del veintisieteavo día.
‒–¿Y
los salvavidas?
‒–Se
perdieron cuando los usaban.
‒–Eres
un encanto.
‒–Lo sé, mi vida.
‒–Lo sé, mi vida.
Muérete.
Y lloro, lloro, y
lloro, eras mi éxtasis y ya mi lengua extraña no tener sed.
Porque
los segundos contigo eran horas infinitas, miles de besos que eran comprimidos
en minutos de placer, era tu aroma en mí, impregnado hasta el fin de los más
minúsculos poros, eras mía hasta decir que no lo eras porque ya lo eras tanto
que no tenía sentido que alguien fuera tanto de alguien en un lugar que no
fuera soñado, una especie de Edén, una especie de amor que no tenía más que
fortalecerse tanto que no habría nada en la vida que fuera capaz de detenerlo
si no era él mismo. Y fue él mismo, pero eso no importaba porque así mismo se
levantaría sin perder el aliento, era un placer que se daba solo después de las
doce, es decir: todo el día, porque las madrugadas eran infinitas también,
eran, eran, eran. Motivos de sobra para dormirme en tu pecho, allí donde siento
que nada más que las causas y los efectos son simples excusas de mis labios
para equivocarme adrede y sentir una y otra vez tu cuerpo sobre mí, donde la
vida pasaba a segundo plano superada inminentemente por el placer, afrodisiaco
que crecía con cada milésima de segundo que transcurría, era felicidad sin
pudor, era amor sin dolor, era todo lo que nadie podía ser porque nadie era
nosotros como uno solo, nadie podía vernos porque íbamos tan rápido que el
mismo viento planetario del 15 de abril nos acompañaba sorprendido, viendo sin vergüenza
lo que hacíamos en aquel viaje pasional y a la vez sutil, por ti.
Tú por mí, yo por ti.
Después de todo ya nada importa porque ya no existimos.
¿O era un sueño?
Se derrumbaron las
torres y las lágrimas… y allí estaban las lágrimas.
Parcialmente dedicado al probable ‒–y casi seguro‒– amor perdido en aquel infame atentado.