Pasaban las horas del reloj, las manecillas giraban a una velocidad inaudita, nadie quería mirar porque sentía que apresuraba más al dios del tiempo, en los alrededores se desplomaba el sustento, y los edificios aledaños se caían como los más infames esperpentos, sin duda y sin consentimiento: Cronos había desafiado a todos en este preciso momento. La vida parecía acabarse tan rápido como un fósforo se consume, como un pedazo de hielo en una nube, cae tan rápidamente que las liebres se autodestruyen, y logra que las esperanzas se esfumen. Unos cuantos pasos y se llegaba al borde, un infinito borde que miraba a un abismo incontenible, emanaba pasión y atracción, se notaba allí la enorme sofocación, ¿acaso era ese el infierno más cercano? No hay ideas puras, solo hay pensamientos mundanos, contenidos en lágrimas, en miradas que imploran piedad y perdón, contenidos en los edificios inexistentes de aquellos llanos.
Las llamas crecían a velocidades vertiginosas, casí tan rápidas como las manecillas de aquella cosa, gritaban nombres, nombres que eran mujeres y hombres, no objetos ni cosas, eran pecadores dueños de una vida deshonrosa, y cada quien recordaba sus fechorías, sus burlas, sus huidas de la policía, se miraban unos con otros para intentar detectar a los inocentes y aferrarse a estos, pero todos tenían rostros funestos, todos habían violado las normas colectivas de la humanidad, aquellas habían sido destrozadas sin piedad, doscientas cincuenta decadas desde que había nacido el supuesto redentor, doscientos cincuenta pecados al cuadrado había cometido este pequeño pueblo malhechor.
Tú apareces, tú eres protagonista, mala mía pero te resbalaste por la pista, fallaste, mi deshonesta artista, a tu publico y a tu gente, al sistema, aunque este sea incoherente, al señor y a la señora, a aquel que siempre llega a la hora, fallaste a tu hijo y a tu padre, a tu hermano, a tu madre, fallaste sin temor, y no hay premio de consolación, asumir es madurar, madura ¡venga ya! Continua, reflexiona, actúa, acelera, evalúa.
Las lágrimas eran incontables, bañaban a miles, a los más cobardes, a los de abajo, ya sabéis, los desagradables; colocaron a todos en el paredón, fusilados serían los desgraciados, sin piedad ni perdón, sin nada, no quedaba ninguna otra opción, ya estaba oscureciendo, se ocultaba el sol, cargaron las armas, llamaron al pelotón, se fijaron los objetivos, se ordenaron disparos a discreción, faltaba la orden, pero algo pasó...
Se acababa todo y sonó la alarma de posposición, increible, película de suspenso, terror y emoción, fue entonces cuando vociferó el director: se cancela todo por hoy y continuamos mañana; por favor, tú y tú podéis tomaros el resto de la semana; la que está allá, pasad por mi oficina; aquel y aquel, curad la gripe porcina; tú, niñita, el mundo se nos termina, dejad de jugar al estúpido infernáculo; y tú, carajito, decidle a mi hermosa secretaria que salga de su habitáculo, que me comunique con el diablo, para informarle que se acabó el puto espectáculo.
No llores,
no es tan grave,
míralo así: también
se acabaron los obstáculos.