Ese preciso y no precioso instante, más bien despreciado, porque indica el implícito fracaso. Siempre hay un fracaso.
Por más que se intente, es
difícil mantener una línea, es difícil caminar por esa línea, delgada, frágil,
efímera. A veces está y a veces no, a veces llegamos y no la encontramos, y más
en esta juventud que nos aqueja, más en este sentido que nos descobija, nos
refleja.
Estamos condenados, condenados a
fracasar, a lanzarnos por ese vacío inhóspito y cruel, en las profundidades de
nuestros miedos estaremos, nadando sin nadar porque nos ahogaremos, en un pozo
sin fondo, sin esqueleto, donde la vida queda en ‘veremos’ y mientras tanto y
por dentro todos moriremos.
Tragedia de colores blanquecinos
y oscuros que abarca nuestros pensamientos, éxitos que brillan por su ausencia
desde hace un buen tiempo. Irónicamente, como siempre, cuando mejor creemos que
estamos, peor nos encontramos, pisando las arenas movedizas de las cuales tanto
temíamos, pisando aquellas minas que no tardan en explotar.
Y
explotamos.
Y todo se viene abajo, se acaba
la normalidad y la tranquilidad, falsa y cutre, pero que después de todo se
mantenía, al menos por fuera. Nadie sospechaba quizá, todos se desprendían de
sus responsabilidades y no avizoraban el destino que ciertas almas circundantes
aguardaban, eran vías de crónicas, era la crónica de una muerte anunciada,
desde hace siglos y milenios.
Y llegan entonces, aquellos
rostros tristes por donde las lágrimas dan su paseo habitual, llegan los
impulsos y los arrepentimientos, llegan inclusive las preguntas, los
sentimientos, llegan pues, todos y todas, pero ya llegó también ese preciso
momento; no importa, estoy bien, olvídalo.