Corría el duodécimo día de diciembre y las vísperas navideñas espantaban las ganas de quedarse en casa, por lo que Emma quiso salir de la suya un rato y caminar por los jardines de algún parque muy renombrado. En el transcurso de su paseo algunas personas sostenían su mirada en el lindo abrigo que ella lucía, de largas mangas y llamativa cremallera, sin duda atractivo, pero aun más ella, tan blanca como la nieve que caía en aquel frío invierno, con gestos tiernos y un par de ojos tan profundos como las aguas del pacifico, un cabello negro y largo que decía acaríciame con solo moverse al compás de la brisa vespertina.
Mientras veía a las personas caminar al frente de ella mientras estaba sentada en un banco, solitaria, se vió interrumpida su serenidad por el timbre de su teléfono, era su chico el que llamaba, era ella la que respondía:
—¿Hola? —atendió Emma.
—Hola, amor ¿cómo estás?
—Estoy pensando ¿y tu?
—Yo estaba pensándote hasta que escuché vuestra voz.
—¿Es decir que ahora no me piensas?
—No... bueno, esto... ahora no sé, te siento.
—Vale.
—¿Y en qué piensas tu?
—Te imaginaba aquí a mi lado en este frío banco, hablándome al oído.
—¿Me imaginabas?
—Si ¿por qué?
—Por lo siguiente; tu y yo estamos juntos ¿cierto?
—Ehm... si.
—¿Y estar juntos no significa qué estamos uno al lado del otro?
—Bueno, si, pero figur...
—¿Y acaso no te estoy hablando al oído? ¿Acaso mi voz no está allí tentando a tu oído? — la interrumpió Brian.
—Si... pero... —respondió Emma aparentemente sonrojada.
—No me estás imaginando, me estás sintiendo — afirmó él.
—Siempre vos cambiando las perspectivas.
—Me gusta verte desde todos los ángulos.
—Ajá, ya ¿para qué llamas?
—Vaya... pues, quiero saber si quisieras acompañarme al muelle de Swansea esta noche.
—¿Al muelle? ¿A hacer qué?
—No sé, a caminar, a charlar.
—Pues, será un placer —aceptó Emma.
—Me alegra, lleva abrigo ¿vale?
—Créeme que se cuan frío es dicho muelle. Vale.
—Estás abrigada ahora ¿no? No quiero que pesques un resfriado.
—Si lo estoy, amor.
—Y abrazos sobran.
—Abrazos faltan.
—Esta noche cubriré mi ausencia —respondió Brian secamente.
—Nunca me has faltado, nunca me faltes.
—No lo haré.
—Hey...
—Dime.
—Te quiero, Ian.
—Te quiero, Em.
—No sabes cuanto me alegra escuchar tu voz un día tan frío como hoy, en un momento tan solitario como este —dijo Emma con voz entrecortada.
—Lo sé, te conozco.
—No sé, justo a tiempo tu, tan puntual como siempre.
—Vale vale, ya, inflarás mi ego.
—Me gusta presumirte.
—¿Si?
—Si, si eres lo mejor que hay en este mundo, tengo que decir que eres mio y presumir de ello.
—Presumida.
—Te presumo a ti, y en el amor y en la guerra...
—...todo se vale —completó Brian.
—Entonces...
—Entonces me encanta que me presumas.
—Me alegra, porque no iba a dejar de hacerlo.
—Bueno, me despido.
—Vale, tuya soy.
—Y tuyo este servidor.
—Hasta luego, mi vida —colgó Emma.
—continuará...—
