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Balcón: atardecer blanco





Este es mi llanto, una risa mojada que no se atreve a tanto. Se pierde mi mirada en la brisa fría, el incesante llanto; este balcón ya no me alcanza, definitivamente. ¿De qué vale romperme la mente, quebrarme la cabeza o degollarme con tanto? Estoy perdiendo tanto tiempo que no hallo mis relojes, mis muñecas siempre lucen desnudas: la piel ingente, el espacio con dudas. ¿Cómo hago para que este pecho se me afloje? Ya no vale de nada decir que cuando quiero llorar no lloro, porque nadie me cree y hasta cuando lloro me dicen, ¿por qué sudas? Sin decoro. Al menos el atardecer, afortunadamente, no me enmudece, inclusive en días como hoy, en los que todo está tan gris y blanco antes de volverse negro, que parece una metáfora de todo lo que anhelo. ¿Han oído del autosabotaje? Uno no quiere lo que quiere sino lo que logra. Funciona bien para mentir cuando uno dice que siempre logra lo que quiere, pero funciona mal cuando Derridá derriba la frase invirtiendo los sustantivos y los verbos. Al final un suspiro, ya se hace de noche y el día me es esquivo. La claridad me difumina el dolor, el rencor. No vale romperse. Se afloja solo. Otro suspiro; el aire fresco me desnuda, el frío me entumece. Todo dolor dentro de ese aire se desvanece, no por física o biología, sino porque decido que mi sentir lo merece.