Tal vez la música logre salvarme de este abismo vacío de unas ridículas ganas de alcanzar el ideal todo, como si fuera algo más el hoy cuasi insólito hecho del bienvivir. ¿Qué tan más es algo? ¿Qué tan menos es nada? Como entra el bajo en Tú sí sabes quererme, como raspa el riff en Jungle, cómo golpea la vocalización del ateo, y la querella del creyente; ¿cómo escapar de tanto arte? Imagino el fusil con ella, como si nunca habría dejado de haber sido lo que hubiese habido de ser si fuere lo que no hubiese sido. Soy un adelantado porque tuve el éxito desde los cinco y lo he tenido siempre: no he tenido que esforzarme para lograr lo que todos quieren. Mientras tanto, he tenido que esforzarme terriblemente para obtener todo lo que yo he querido; igualmente, lo he obtenido. Estoy en otra liga, pero allí también tengo un OPS de 1.129. ¿Quién me va a detener si no soy yo mismo? Y eso vivo haciendo. Ella me desea la felicidad como si no es una decisión que pudiera tomar en cualquier momento: solo debería conformarme, bajar mis expectativas a lo slightly above average. Eso requeriría olvidarme de ti, tal vez. No sé si también solo seas un capricho, pero en todo caso, serías mi único. No vivo vociferando lo que hago, lo que compro, lo que vendo; de vez en cuando se colea la suposición en los momentos de felicidad que tengo con mis hermanos de la vida (debería existir una palabra corta para ellos que no sea "amigos", pues esta última palabra la considero manchada y, para mí, a pesar de todo, el hermano aún es irrenunciable y sigo queriendo a los míos a pesar de que son menos hermanos que mis amigos). Nada muy a drede: tan inevitable como inocuo. Recuerdo, el año pasado, en plena pandemia, cuando no ganaba ni el diez por ciento de lo que hago hoy, sentir la envidia de uno de los que consideraba mis hermanos en mi propio cuarto, en mi propia morada, tras mi propia puerta; este año me parece sentir lo mismo desde otros ángulos y a veces es triste sentirse rodeado de la avaricia del mundo capitalista que nos configura desde siempre. Tal vez por eso silencio mis triunfos, aunque sean los más grandes de mi vida, porque prefiero que nadie me felicite por hipocresía como cuando Facebook te lo implora. Hace casi un mes más de cuarenta personas se acordaron de mí sin necesidad de un calendario inteligente: su corazón les recordó mi existencia, o su memoria, lo que sea que venga primero, y eso me llena de dicha y gracia. Duele cuando un par de pares no lo recuerdan: Emily, Emilia, Óscar, Verónica; pero ese dolor es real, y es el dolor que necesito antes que la mentira complaciente. Sé, indudablemente, que esas cuatro personas me aman inmensamente; tal vez Verónica no tanto, pero entiendo que un cumpleaños es un Festival de la Memoria y no se puede ir a todas las ediciones: habrá algún año al que faltes. Tal vez por eso silencio mis triunfos, porque el que está allí sin saber que puedes llevarlo a Miami en cualquier momento es al que vale la pena hacerle la sorpresa de su vida. Irónicamente esto no es silencio, pero mi última entrada apenas tuvo dos visitas y ya este recinto de letras no es lo que solía ser otrora. Me siento tranquilo al conocer lo poco que conocen de mí. He tenido por bandera insondable valorar a los que saben asimilar sin ningún tipo de ayuda parcializada lo que considero mi esencia y, por consiguiente, ya no me esfuerzo en convencer a aquellas y aquellos a los que me tenía que esforzar un mundo por intentar siquiera explicarle más o menos quién soy. Era agotador luchar contra esa corriente. Es inevitable causa de sonrisa esa apreciación sincera que sale desde el fondo de un ávido ojo que es capaz de transparentar tu piel y tus capas: ese juicio arriesgado sobre la bondad que hoy escasea. Hace años me preguntaba mi Maga (que hoy son dos en uno): y en todo esto de los malalmados y los desalmados, ¿dónde entras tú? Iba a responder ahora, pero olvidé mi respuesta. Tan difícil es responder. Supongo que después de todo ya no vivo quejándome de nada y vivo casi sin odio expreso. Enseñar no es lo mismo que dar clases, y dar clases me enseñó a ser tolerante en niveles increíbles. Entendí que la crítica es una decisión que depende del contexto, terminé de comprender que el hombre es él y sus circunstancias. Las cosas siempre podrían ser mejores, pero aprendí a disfrutar todas las cosas que siempre he disfrutado, pero que al final de la madrugada nunca quedaban. Ahora un paseo mental sobre mi día suele terminar en una buena ronda de agradecimientos que me permiten sentirme un poquito bien antes de dormir. Pocas personas comprenden que no es que quiera expresamente suicidarme lentamente con cada uno de esos cigarrillos: más bien tiene que ver con una asociación natural de eventos y pensamientos que derivan en el absurdo de la vida, en el sinsentido de la misma. ¿Quién en su sano juicio querría vivir una vida que no tiene sentido? El loco no soy yo, los ciegos son ustedes. No hay filósofo feliz; yo estoy condenado.
Schopenhauer planteó dos soluciones: ascetismo o arte. Por eso creo que tal vez la música logre salvarme de este abismo vacío de unas ridículas ganas de alcanzar el ideal todo, como si fuera algo más el hoy cuasi insólito hecho del bienvivir. ¿Qué tan más es algo? ¿Qué tan menos es nada? Como entra el bajo en Tú sí sabes quererme, como raspa el riff en Jungle, cómo golpea la vocalización del ateo, y la querella del creyente; ¿cómo escapar de tanto arte? Imagino el fusil con ella, como si nunca habría dejado de haber sido lo que hubiese habido de ser si fuere lo que no hubiese sido. Soy un adelantado porque tuve el éxito desde los cinco y lo he tenido siempre: no he tenido que esforzarme para lograr lo que todos quieren. Mientras tanto, he tenido que esforzarme terriblemente para obtener todo lo que yo he querido; igualmente, lo he obtenido. Estoy en otra liga, pero allí también tengo un OPS de 1.129. ¿Quién me va a detener si no soy yo mismo? Y eso vivo haciendo. Ella me desea la felicidad como si no es una decisión que pudiera tomar en cualquier momento: solo debería conformarme, bajar mis expectativas a lo slightly above average. Eso requeriría olvidarme de ti, tal vez. No sé si también solo seas un capricho, pero en todo caso, serías mi único. No vivo vociferando lo que hago, lo que compro, lo que vendo; de vez en cuando se colea la suposición en los momentos de felicidad que tengo con mis hermanos de la vida (debería existir una palabra corta para ellos que no sea "amigos", pues esta última palabra la considero manchada y, para mí, a pesar de todo, el hermano aún es irrenunciable y sigo queriendo a los míos a pesar de que son menos hermanos que mis amigos). Nada muy a drede: tan inevitable como inocuo. Recuerdo, el año pasado, en plena pandemia, cuando no ganaba ni el diez por ciento de lo que hago hoy, sentir la envidia de uno de los que consideraba mis hermanos en mi propio cuarto, en mi propia morada, tras mi propia puerta; este año me parece sentir lo mismo desde otros ángulos y a veces es triste sentirse rodeado de la avaricia del mundo capitalista que nos configura desde siempre. Tal vez por eso silencio mis triunfos, aunque sean los más grandes de mi vida, porque prefiero que nadie me felicite por hipocresía como cuando Facebook te lo implora. Hace casi un mes más de cuarenta personas se acordaron de mí sin necesidad de un calendario inteligente: su corazón les recordó mi existencia, o su memoria, lo que sea que venga primero, y eso me llena de dicha y gracia. Duele cuando un par de pares no lo recuerdan: Emily, Emilia, Óscar, Verónica; pero ese dolor es real, y es el dolor que necesito antes que la mentira complaciente. Sé, indudablemente, que esas cuatro personas me aman inmensamente; tal vez Verónica no tanto, pero entiendo que un cumpleaños es un Festival de la Memoria y no se puede ir a todas las ediciones: habrá algún año al que faltes. Tal vez por eso silencio mis triunfos, porque el que está allí sin saber que puedes llevarlo a Miami en cualquier momento es al que vale la pena hacerle la sorpresa de su vida. Irónicamente esto no es silencio, pero mi última entrada apenas tuvo dos visitas y ya este recinto de letras no es lo que solía ser otrora. Me siento tranquilo al conocer lo poco que conocen de mí. He tenido por bandera insondable valorar a los que saben asimilar sin ningún tipo de ayuda parcializada lo que considero mi esencia y, por consiguiente, ya no me esfuerzo en convencer a aquellas y aquellos a los que me tenía que esforzar un mundo por intentar siquiera explicarle más o menos quién soy. Era agotador luchar contra esa corriente. Es inevitable causa de sonrisa esa apreciación sincera que sale desde el fondo de un ávido ojo que es capaz de transparentar tu piel y tus capas: ese juicio arriesgado sobre la bondad que hoy escasea. Hace años me preguntaba mi Maga (que hoy son dos en uno): y en todo esto de los malalmados y los desalmados, ¿dónde entras tú? Creo que cada día trato de mejorar y corregir todos los errores que he venido recolectando en mi persona desde hace años. Aún me cuesta demasiado pero no dejo de invertir energía en ello. Si fuera tan malo, poca gente me quisiera. Supongo que después de todo ya no vivo quejándome de nada y vivo casi sin odio expreso. Enseñar no es lo mismo que dar clases, y dar clases me enseñó a ser tolerante en niveles increíbles. Entendí que la crítica es una decisión que depende del contexto, terminé de comprender que el hombre es él y sus circunstancias. Las cosas siempre podrían ser mejores, pero aprendí a disfrutar todas las cosas que siempre he disfrutado, pero que al final de la madrugada nunca quedaban. Ahora un paseo mental sobre mi día suele terminar en una buena ronda de agradecimientos que me permiten sentirme un poquito bien antes de dormir. Pocas personas comprenden que no es que quiera expresamente suicidarme lentamente con cada uno de esos cigarrillos: más bien tiene que ver con una asociación natural de eventos y pensamientos que derivan en el absurdo de la vida, en el sinsentido de la misma. ¿Quién en su sano juicio querría vivir una vida que no tiene sentido? El loco no soy yo, los ciegos son ustedes.
El ascetismo nunca es una opción.
El arte para mí es la música, desde que estaba en la placenta, según reportan mis progenitores. No me ha faltado nunca, espero nunca quedar sordo ni lo suficientemente pobre. Los demás artes van y vienen. La literatura, la escritura (que no es lo mismo ni es igual, como diría Derridá), el cine, el baile. De vez en cuando se complementan, o se suplementan mientras se implementan. El sexo siempre me ha parecido un arte, pero bien que mal sin amor no termina de ser arte. El amor, al fin y al cabo, es el motor que modula todas las artes. Mi amor por la música de Jackson, Williams, Winehouse, Gibb, Gilmour; por la lectura de Borges, Bukowski, Saramago, Hemingway, Pessoa, el conocimiento de Nietzsche, Marx, Freud, Schopenhauer, Foucault; la escritura de Camus, Sartre, Barthes, Derridá, Lacan, las películas de Kurosawa, Lynch, Fincher, Anderson, Coen; el baile de la bachata, el merengue, la salsa, el reggaeton, el rock. El amor, al fin y al cabo, es el motor que modula todas las artes. Le pregunté a las Meninas y ninguna respondió: probablemente fue La persistencia de la memoria en caso de que no haya sido por El beso de Klimt, Monet o Hopper. Después de todo hasta los perros juegan póker. El sexo es solo accidente, decía Fernando, pero mucho ignoraba él que todo es accidente. Freud diría entonces: todo es sexo. Y pobre de aquel que lo ignore, estaría evitando la fase de aceptación que le daría control total de su vida. Controlo mi vida tanto como controlé tu culo hace dos días, y vaya qué agonía, madre mía. Tengo la esperanza de poderlo controlar mejor en un futuro, cuando el amor sea un motor estable que module todas mis artes.
Por eso mi felicidad está incompleta sin ti.
Lo peor es que ese pronombre personal tónico no refiere a nadie.
Se lo vivo poniendo a las gentes, cual zapatilla de Cenicienta, a ver si les queda.
En el proceso bebo, fumo, fornico, consumo.
Como Incertidumbre, de Asier, al final de la madrugada nunca queda nada.
No creo que haya nada más triste que amar a alguien que no existe.