Te leo y me pregunto, ¿será que yo también recurro y recurro? Si así fuere, ¿hasta que punto lo reiterativo con lo iterativo interfiere? Y me sonrío porque le doy cuerda, y me sonríes porque te quiero. Me provocó entonces aquella técnica y me descubrí pecando de respuesta ante las tontas preguntas que me causa leerte. Y no es tonto el texto como los ojos, más bien el contraste pare a la síntesis. Creo que todos somos parte de un barro que no podemos cambiar; las manos nos soban, nos acarician, nos masturban; nada para el basurero. Es entonces cuando relaciono las cosas. Surge lo anticardoniano: la esencia. Y tu voz es mi hogar, ¿lo recuerdas? La voz es el barro: no cambia ni porque cambie. Sigue siendo tu misma voz.
Grítame, gímeme, susúrrame.
Eres, sin duda, tú.
Otra cosa:
terrible, ¿no?, como nos estamos
poniendo viejos.
Mnemosine nos deja a la deriva
con esos semáforos.