Quince minutos en el penal; pareciesen horas frente a sorbos de café, me dijo; de alguna u otra manera encontré mi propia quimera. La luz de los siete de Djawadi fue ejecutada a la perfección en mi cabeza y los brazos, porque se me calentaron al dirigir. Tú eras una viola. Expulsabas tu odio tratando de llamar mi atención de alguna u otra manera, querías romper una cuerda, causar un desastre, espantar al público. Era tu metrónomo y por más que te (les) pedí más, nunca estallaste. En el más sencillo fondo solo buscas sorprenderme, agradarme, y en el proceso te quiero porque te esfuerzas. Es terrible y me río para mis adentros, porque solo es egoísmo, y es bien sabido que el egoísmo va para adentro. ¡Imagínate si no! Obviamente me controlo porque entiendo el juego, y cuando es juego yo juego como si de la vida lo fuera. Gano o empato, y si pierdo te hago creer que gané algo. ¿Qué maravilla, no? Pensaba en que todo en la vida es manipulación: las mamás manipulan a sus hijos para que coman. Que si un avioncito una cucharilla. Que si una cigüeña el sexo, para que entiendan. El clásico "todo lo hago por tu bien" que se asemeja tanto al "te pego porque te quiero". La manipulación pasa por todos lados. Incluso la matemática: hago un cambio de variable para tratar de resolver esta ecuación que me tiene la vida triste. Derivo para disminuirlas, integro para calcular áreas. Manipulo con sumas de Riemann. Y así un largo etcétera de metáforas que me abarcarían la madrugada entera. El punto es que el fin justifica los medios. Si es para que el niño coma, manipular está bien. Si es para lograr un sesgo emocional que derive en una relación interpersonal enfermiza que genera traumas y daños sicológicos en otra persona obviamente la manipulación es terriblemente negativa. Así muchos ejemplos más que no van más allá del bien y el mal en sentido extramoral. Tu versión de los hechos está manipulada, y supongo que la mía también. Cada quién juega a su favor, y hay que tener valor para jugarte en contra, autosabotearte y herirte a drede solo para que la cicatriz sane y la infección no se acrecente. Ese es tu problema: eres cobarde. Eres antiantiséptica. Pero basta de ti, no mereces la pena. En algún momento creí que sí, pero me has demostrado una y otra vez que sigues siendo una niña inmadura. En otras noticias, fueron quince minutos en el penal que parecían horas comparados con los sorbos de café que me dijo de alguna u otra manera esa quimera. El aterrizaje de Hurwitz fue el sol que alumbró tu mentira. Y esa mentira no me duele hoy, me dolió entonces porque significó el fin de esa química tan terrible que sentí en catorce días contigo. Te amé en falso, como quien no conoce la palabra, porque nada era referente a lo que aparecía en los diarios. Hoy conozco el motivo de tus miedos y obviamente que te entiendo, mi amor, ojalá hubieses tenido el valor, pero entiendo la lealtad que suprime la cobardía. Es más valiente el leal cobarde que el valiente infiel. Hacer lo correcto (en sentido intramoral) nunca estará mal, porque precisamente está dentro de ese concepto socioconstruído que degenera cualquier deconstrucción que sea exigua frente a los imperativos categóricos y sus máximas universales. Es decir, te sigo queriendo como entonces, aunque con un sentido de realidad y cuidado que no tenía entonces. Lo anoté en mi diario: era un hombre roto que había desechado la dicotomía entre la realidad y la falsedad. El primer suplantador era yo, tratando de fingir que no moría por fuera y por dentro. Tardé poco en estallar después de que te fuiste. Todo fue en conjunto... Y me detengo. No quiero hablar de huecos en una noche de estas, en el penal. Al final son horas, nada de minutos. Tres jarras de café y una quimera que no habla, que me encierra y me golpea.
Estoy esperando a que me vengan a pagar la fianza.