Leer una entrada aleatoria

Las últimas

 



Mi amor, naguará.
Mi corazoncito ha recibido tantos coñazos...
Está todo aporreadito.

Por cierto, por ahí te tengo un cuento,
creo que ya te había comentado.
Acabo de decidir que se llamará
"Cardiólogo", o "Cardiología".
Espéralo.

Pero en serio, amor,
ojalá pudieras verme el pecho por dentro.

Quizá entonces no tendrías ese puñal en la mano
y no me estuvieses matando
porque no le verías sentido a asesinar
a quien ya está muerto por dentro.



Te amo mucho.




Latente

 

Latir. Late. Palabra intrínsecamente ventriculada. Irónico ventrílocuo, pues lo que late, lo latente, no habla, no exterioriza su subyacente locuacidad potente. Potente de potencia, como pasión de pasivo. Ambas terminologías aristotélicas; al fin y al cabo lo pasivo es potencial. Lo latente, ¿activo o pasivo? La respuesta es fácil. Hay no solo una vida detrás. ¿Cómo se lidia con las emociones inasibles? ¿Cómo se asen las existencias latentes? Ya de por sí existe un elemento disuasivo en el constante intento, o intentar, interdiario de sujetarnos a nuestras propias existencias. Ya porque es hoy, hay una irrefutabilidad pragmática. De por sí, porque es esencialmente sine qua non, metaintrínseco. Existe después de ser esencia solo sintácticamente, porque bien sartrianamente podríamos recordar (galeánicamente, porque bien amado es Jean Paul) que la existencia precede, siempre, a la esencia. Un elemento que se autoadjetiva disuasivo porque la propia disuasión es más disuasión; todo elemento disuasorio abstrae, no contextualiza: esencializa. Constante intento porque hay un irreverente desenfreno en el solo vivir, y vivir implica, siempre, llegar a la bien conocida pregunta fundamental de la filosofía según Leibniz. O intentar, porque el intento es una especie de sustantivación de un participio que adjetivalmente refiere a un pasado, y hablábamos de un ya, de un hoy; intentar es infinitivo, es decir, abstracto y atémpore, como antisincrónicamente ─porque tampoco es diacrónico─ se manifiesta el desenfreno, la constante al cuadrado que multiplica a la masa. Interdiario oximorónicamente a constante pero a su vez, no, porque la diaribilidad solo termina siendo una convención; la permutabilidad de las energías ─cinéticas, potenciales, gravitatorias─ da cuenta de que, aunque algún cuerpo esté pasivo (en el día de descanso), hay una potencialidad presente, o, mucho mejor dicho, latente. Sujetarnos porque el sujetamiento es la difuminación de la pasividad, y, al fin y al cabo, esto es lo que el elemento disuasivo oculta a plena luz del día, porque no porque sea de día deja de existir la caverna del mundo sensible, porque, la sujeción, acto de ser o convertirnos en sujetos, también es el acto, inherentemente, de activar nuestro nous, el de nuestras propias existencias, porque después de todo sigue siendo solipsista este posmodernismo asesino de Dios. 

Las preguntas siguen sin respuestas precisamente por este estilo de etimología epistemológica que deriva de cualquier existencia, sea latente o no. Quizá la fe, tal éter aristotélico ─y no solo aristotélico sino newtoniano y hasta einsteniano─, es el elemento de respuesta plausible; lamentablemente fallecido pero fácilmente revivible: solo es necesario un avión cayendo. La muerte termina siendo una existencia latente, y allí, cuando está cayendo el avión, surgen las preguntas sin respuestas al principio de este texto. Es decir, la fe siempre está prevenida ante el emergimiento de estas, la fe siempre puede ser la respuesta: un éter fluído y luminífero que baña y fecunda. No es nada nuevo, ni siquiera Tales de Mileto fue el primero, aunque eso convengamos dadas las limitaciones de la Historia con hache mayúscula. Quizá lo que más asusta, entonces, de la ausencia de respuestas, es la multitud de posibilidades de respuestas, e, irónicamente le solemos temer a la muerte, que, según otro posmo ─porque la culpa siempre es de los posmodernos─, vendrá siendo la posibilidad de la imposibilidad de todas las posibilidades. Por eso es que quizá Nietzsche liquida a la culpa: esta viene siendo tan cristiana como la linealidad del tiempo, y la uroborización del tiempo que muestran Schöpenhauer y Nietzsche ─y que se le muestra al pobre Zaratustra─ desmitifica todo lo construido canónicamente por la Iglesia Católica ─y lo mostrado por Dante Alighieri─. No hay infierno latente: todo lo latente es vida porque late, o, en su defecto, muerte en vida, porque aunque late, no hay éter que llene los vacíos.