Leer una entrada aleatoria

O





Quizá algún día podré volar contigo.

El piano sigue siendo parte fundamental de este sicariato que deriva en uno de los más elementales momentos de esta historia, parece que integra cuando la progresión resulta ser una regresión y parece que la cadena se baja naturalmente cuando cada una de las notas se aseptima en cada novena. Júzgame por evitar lo obvio, pero no me mires con tus ojos baldíos cuando lloro ante lo inevitable, como si no existiesen todavía suficientes pájaros en este cielo tan lleno de verdes y rosas, como Piscis, como lo que creía y no era. Como lo que llega y se va sin que puedas siquiera parpadear porque nunca estuvo, como cada uno de los atardeceres que titilan entre las rejillas de tu canción, de esa que sube y sube hasta que me suelta justo en una nube que me desvanece con sus falsas esperanzas. ¿Acaso no te das cuenta que de un momento a otro ya nada parece tener un norte? De la nada sale una curva ennegrecida por el uso incesante de los ojos y los falanges que dividen los lunares de tonos sepias, esperándose entre las miradas coloridas de cada uno de los relojes que avanzan entre los trenes, llegando a las escaleras de este grandioso y majestuoso quebrantahuesos que no ha siquiera empezado su acción en las tablas movedizas de una serie de teclas que se entrelazan como si la esperanza de un tono no fuera suficiente para dejar de alimentar una de las más altísimas promesas de carácter moral y social. Me pides que deje de sangrar, una vez más, cuando la sangre ya es parte de mi piel. 

Mátame, dije alguna vez.

Rosa más blanco, el mañana




Parece que suenan los hielos en los vasos,
como si mucha gente caminara sobre nuestros pasos,
y somos cuando éramos. Y éramos cuando somos.
¿Hay concordancia?

El sol rueda bajo la alfombra, y debería estar marcándote;
la silueta.
Acaricio y tactúo lo intactuable. ¿Qué me impide nada?
La muerte.

Cada tecla del piano me destroza, cada escena me llora
cada verbo me incomoda, cada sintaxis me refleja.
Glorifica mi gracia, florifica mis rosas. ¿Y?
Las letras ya no son bonitas, una tecla me llora.

Mi pecho mira ese atardecer, esa luz, esa puerta,
mi pecho te busca en cada pequeño parpadeo,
mi pecho te olfatea tras la corbata, tras el saco,
mi pecho toca cada pared, cada gota, cada toalla,
mi pecho prueba cada polvo, cada plato y olla.
Mi pecho no rima, mi pecho aperpleja, dibuja, acompleja, libera lo útil y apresa lo equívoco.

Mi pecho susurra.

Hay una puerta que se acomoda entre las paredes como si la luz no le tecleara,
y una luz se apareda entre las cómodas teclas que se apuertan por 'ai.
¿Y la tecla que se alumbra por las puertas que se teclean en los paredones?

Fusílame, maldita sea. Fusílame la mente y hazme recobrar el sentido.

Quizá con el tiempo...