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Sinfonía





La misteriosa altura no me sofoca,
ya ignita la fase,
detrás –un poco– la vida loca.

Aprendí a ceder:
espacio, placer,
tiempo y saber.

Mirar un té,
y mirarte,                              con los ojos del alma.
porque el té reaviva el alma,

¿Lo tienes?

Soy tu vago cielo,
tus sopladas nubes,
tu estrellado firmamento,
tus anhelados querubes,
tu techo sombrío, tu tibia ducha,
tu agua dulce, que al final no es mucha.

Solo omnipresente.


Aquellos dedos que son tuyos –pero míos– cuando el sendero se asoma, al arte contemporáneo de las luces sombrías en la caverna prehistórica, dulces labios y mala retórica; y es que sin tu sonrisa no habría recuerdo porque la memoria no imita al segundo sino que fortalece al primero, agudiza tu piel, deseo sin pero. Tal vez tus venas no puedan saberme tuyo cuando la sangre está fría, pero aquí las arterias hablan por si solas, relatando fantasías; la garganta sabe que podría, ella sola y todo lo que cabría, pero el estómago dispara su mirada sombría; nervios, sentidos, emociones, vacío, sinfonía.


Ya sé sentirte de lejos, mientras te quiero de cerca.