Leer una entrada aleatoria

Naguará, ojalá

 





Siento la grasa, mugrienta y alejada desde el desdén desdeñable que despierta la aridez de su piel. Hay un sucio en los lentes, dolor en la espalda y parrilla en la pantalla. ¿No hay acaso una pregunta que lo haga todo más confuso? Parece un chiste, y todos rien, porque importan las apariencias. Me escribe mal, como a drede, para ver si le corrijo. ¿El reflejo arcoírico de la grasa, mugrienta y alejada desde el desdén desdeñable que despierta la aridez de su piel es normal? No lo pregunté. La sujeción y sumisión evita, obviamente, el emergimiento. No hay nada de malo en bostezar, mientras el sueño siga con los dos brazos. Le picaban los ojos tras hacer los estiramientos y le rasqué con un beso. Con el slow play y el check-raising parecía haber encontrado una ruta, pero terminé cogiéndomela dormida tras haber perdido el control de mi vida. Me dijo casi jadeando que le gusta dormir pero también tirar justo antes de ceder a la concupiscencia. Las gracias son bonitas incluso cuando hay merecimiento, me dije. El suero y el jamón parecían ser una mala idea, pero el resto me atacaba por las mañanas. Su recuerdo fue un rayo, incluso partió mi lápiz y me olvidó los versos. El cigarro, ¿dónde está? No tengo yesquero. Tú siempre traías uno bajo los panties. ¿Acaso es pecado recordar tu lengüita afuera y los ojos metidos? Pensaba que era a drede, pero estabas en éxtasis. Fuimos felices. La cocina me puede quemar un cabello y la ventana apagar el incendio. Si abro el viento se me cierran los sueños: de esos que volvieron, como cosa extraña. Y es esa extrañeza la que radica en mis tardes cuando la mañana ya no es mañana. Me dijo orgullosa que notaba que había aprendido a celebrar mis triunfos en silencio, y en silencio me pregunté cuáles triunfos. Mi cara le delató mi autosaboteo y casi que me restriega las tetas para mostrarme las mil y un noches. "Has vivido como muchos desean" me dijo mientras meneaba la azúcar hotelera del café. Pero no he vivido como quiero, pensé a mitad del mañanero. Ese amanecer fue terso, me recordaba lo rimbombante de la poesía, tratando siempre de desbocar al mudo, como si el ciego viera. Qué sentido tenían los viajes, los tríos, las curdas, los billetes; le pregunté a la señora, y sobriamente me dijo que si no quería lo que tenía que lo regalara. Tras cruzar esa calle, esa maldita calle, me di cuenta de cuán poética vivía yo mismo haciendo mi vida. Tengo mil cuentos que contar, todos ellos unos más increíbles que los otros, y pareciera, en retrospectiva, que vivo buscando mi propia épica. Jamás te has aburrido, me dijo, y jamás has aburrido a quien te tiene cerca, completó. Irónicamente muchas gentes quieren en ocasiones vidas aburridas. ¿Qué no es la estabilidad sino esa sórdida modorra que conlleva la monotonía? Le pregunté: ¿coger conmigo todos los fines no es monotonía? Creo que por esa pregunta pagué las empanadas yo. Vivir de caprichos que solo consiguen la epicidad tal vez ha sido craso, y eso me ha costado algunas ventajas. Que por qué escoger una si se pueden tener las dos opciones, grita mi pecho, y la vida ha tenido como misión continua restregarme, como si fueran sus tetas, que no se puede tener todo en esta vida. Aún así, heme aquí, intentándolo cada vez más intensamente. Hay una fórmula, hay un punto en el que el set-up genera la vuelta perfecta. ¿Tú acaso sabes más que yo para intentar demostrarme lo contrario? Terrible, pero la respuesta me genera una validez inductiva plenamente lógica. No me he matado estudiando toda mi maldita vida por nada. Y no tiene nada que ver con una "universidad", para mí no hay mayor complejo del absurdo. Me da un beso, toma mi mano. Salgo del estado. ¿Miranda? Qué bonito nombre. Tal vez si de verdad fuera tan prepotente, pretencioso, arrogante, creído, echón y sobrado, te la pasarías con el güevo mío todo el tiempo en la boca.