Pretender escribir sin haber leído es perderse de un reflujo enriquecido que, extrañamente, no molesta, uno que no fastidia. No se escribe igual cuando se escribe desde el dolor o desde la «simple» tristeza, de un «me rompieron el corazón» no salen los versos más tristes de una noche. Ilusorio el de Compostela. Hay un granate persuasivo displicente a la coalescente invectiva que destaca los albores de un perenne decurso del atardecer. Hay una serie de palabras que marean en plena boya, hay analogías sosas y sin lucidez. Como Baudelaire y los ojos castaños de María Luisa al escuchar los pluricordes versos de la cabeza de Gardel. Incluso sin el como, es vagamente la esquina por la cual no me atrevía a pasar, en aquella manzana cuyo nombre no quería recordar. Si pudiera, te lo dijera, pero hay ensayos y aseveraciones atravesadas en esta monocorde faringe. Vocálicamente malmorigerado, y neologista como siempre, te mando un abrazo, de esos que compensan la ausencia de merengue en esa torta, o un arroz con pollo sin salchichas. Pretender escribir sin haber leído, es perderse del reflujo de esas salchichas.
In Memoriam: Armando Rojas Guardia.