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Del recuerdo









Mi cuarto está diestramente ebrio, la inerte media luz de la luz y el sucio medio amor del amor danzan en mi pecho. Faltas. Fumo, bebo. ¿Desde hace cuántos años no me veo? La cabeza me da vueltas, duele, rasguña, hay venas. La guitarra me cierra los ojos. Y te veo. El bajo me cierra las arterias. Y me fluyes. La batería me sepulta bajo tierra. Y me desesperas. Tu piel gravita sobre mi piel, flotas porque no tocas la cama, floto porque no toco el piso. No puedo olvidar la suavidad de tus labios porque están constantemente rozándome. Mis ojos acrisolan tu piel blanca, ciega, inmune. Se pierden las pestañas entre las piernas, los pómulos acarician los muslos, las yemas burlan el aire, aguan el amor. Somos fuego y mundo, somos un cigarro encendido volviéndose polvo: una ceniza perenne. Hay una idea preliminar, una precuela vacía. Los borradores borran lo borrado, las almas aman lo desalmado. Los juegos de palabras sin otro sentido arguyen en clave de Fa, y el Sol bemol solea la insolación de tus hombros. Hay una cerveza que me alivia, si pudiera me la tomara, pero tengo una botella de vino nunca abierta atorada en la garganta. Hay una copa rota por la que sangro y disimulo. Hay un mesero que me ayuda, él limpia y te mira de reojo. A veces sueles mirarme, me dice, pero me miras como quien mira una luz cegadora, me comenta. Hay una muerte que me enciende los viciados cigarrillos: rotos, doblados, magullados, desesperadamente malguardados. Hay una mesa que me desostiene, y un papel que me deseleva. Una pastilla desvivida que me desmuere y un alcohol que me exaspera. El bombillo entonces mastica sus sales envuelto en aguas naranjas, cada tecla minusválida emplea sus tablas para divisar los nubarrones de verde fuego, hay un pistolón en sus orejas, colgando de una escalera como un lucero, hay una carta que atraviesa todo el Pacífico, como si de un aire capital el sostén se trenzara. ¿Cuándo estamos? La lucecita azul eres tú. Los trombones, la batería, la guitarra, el saxo, el sexo. Un chasquido me abre los ojos. No hay fondo, hay un veneno derramado sobre mi piso, mi mesa, mi cama, mi boca. Un cigarro prendido que prendió sábanas y papeles, cartas y facturas, llamas tenues. Tiembla, se cae todo. Arde, quema, incinera. Mi cuello tensado se relaja, reclino la cabeza, sonrío y cierro los ojos. Si moriré, moriré sintiéndote a ti, moriré viviendo del recuerdo.






In memoriam.


Dos cigarros

Dicen que nunca muere
la mala hierba.

Por eso
aunque esté completo
me rompo.

Y yo
que como Willie Colón
en lo profundo de mi corazón soy malo.

Lo tengo tatuado.

Pero el café no se rompe
y los cigarros no se rotan.

Y tengo un café en los ojos
una mirada que no descansa
y un amarillo colilla en los dientes
una sonrisa que te perdona.

Absolución.

¿Y tú?

¿Me perdonas?

24.