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Carmesí









Hay una soledad particular en la letra de costado; existe, sin duda, un canto frustrado que desafina en los arreboles del día, como si en los cúmulos, no de nimbus, hubiese una tierra baldía. 

¿Me sueñas de frente? Pesadilla. Alteración inaudita del sueño más tenaz, angustia maldita que viste un antifaz. Nunca olvidaré la primera vez: el pasillo donde estudié poco más de un lustro, cubierto de sucias ratas, inundando el sendero como si una tina gigante se llenara de rosas un catorce de febrero, largas patas, cortas orejas, brillo vetusto, ocre, amarillento y sucio en cada orilla. Pertinaz pesadilla.

Hoy hay una niña que cruza mi calle por la mañana todos los días. Los primeros días buscaba en sus manos periódicos, o cartas, esas son sin duda las primeras cosas que descartas. Cartera no era aunque rondara siempre los buzones de mi acera. Sin comida, sin paquetes. Tampoco boletos ni billetes. Había algo pasado por alto, pues mirando sus manos evitaba sus ojos, y ese día encontré su brillante mirada. Circunspecto atisbaba con un admirable suave fisgoneo el curioseo reflexivo de su tenue contemplación. ¿Qué buscaba generar en mí más que observación?

Hay dos soledades particulares en las letras de costado; inexiste, con dudas, un canto llano y apergaminado que dilata los tímpanos carmesíes del día, como si no existiese una quimera sombría. 

El frío de sus puñales solo se compara a mis pérdidas tras las cartas, tras los billetes de apuestas, tras los golpes a las puertas y los raps violentos de esos que acaban con mi pecho y a la larga, con mis pulmones, estos cigarros dobles, casi tan pegados como erguidos, cantando baladas de muerte en japonés: perdidos. Jodido y sumido. Y así se combate un dolor con más dolor, como si en la vida no existiese más que miseria y traición. Porque, en el fondo de esta habitación, así se siente, y solo gracias al brillo de tus ojos no me atrevo a decir que así es. Porque, ¿qué es lo que no es sin ser lo que realmente no es? Es, sin duda, lo que es, a la vez que lo que no es. Disonancia cognitiva relacionado heideggerianamente a lo intrínsecamente óntico de eso que no sé qué es y que, sin embargo, sé qué no es.