Leer una entrada aleatoria

Happy New Year

Siete eran, faltaba poco, y parecía tanto.

Tercer álbum,
pista 5.

Gerard Way era la voz en mi cabeza,
el piano caminaba por mis brazos,
la batería estremecía mi espalda,
la guitarra terminó por romper mi garganta.

La ciudad parecía alegre,
desde mi casa se veía toda casi.

Las personas festejaban, sonreían,
mudas no eran sombrías.

Mi familia era invisible,
pero se veía.

Mis amigos no estaban aquí,
así que era libre.

Después de todo siempre había sido libre.

¿No?

Ocho.

Nueve.

Diez.

Había un sentimiento incrustado en mi pecho,
habían lágrimas atoradas en mi garganta.

Pero mi garganta estaba rota.

Esta vez la canción se había repetido,
junto con otras de la misma banda,
del mismo maldito álbum,
por horas.

Y horas.

Once.

Era todo tan hermoso.

La ciudad alebrestada,
la gente amontonada.

Gritos, jolgorios, carreras,
sonidos,
bebidas.

Y en mi oídos estaba la canción del principio.

El mundo estaba en silencio,
pero yo imaginaba los sonidos.

Sumergido en un mundo
que no era mío.

Once y cincuenta.

Diez minutos.

Me preguntaba que canción sonaría a las doce.

Yo nunca tomaba decisiones,
y esta vez no fue la excepción.

Subí a la azotea.

Solo me dejé llevar.

La gente estaba abrazada,
en familia,
entre amigos,
contaban los minutos.

Los fuegos se elevaban,
los sonidos seguían siendo imaginados.

Quería detener el mundo.

Quería detener el tiempo.

Que todos escucharan este álbum conmigo,
que todos sintieran estas letras,
estas canciones,
estos sentimientos,
conmigo.

O sin mi.

Sonó la última pista del álbum.

No supe qué pensar.

¿Debía hablar?

Mis palabras no serían famosas.

Pero serían las últimas.

Caminé hacia mi boleto al desfile negro.

Se podía sentir que ya era hora, ya era la hora.

Podía escuchar las lágrimas, podía escuchar los abrazos.

Podía escuchar los deseos, podía escuchar los sentimientos.

El tiempo pasó lentamente rápido,
quizá rápidamente lento.

Los fuegos artificales inundaron el cielo de colores,
y yo los veía a todo color, no en blanco y negro.

Nadie dice que se debe estar triste cuando se va a morir.

Pero yo lo dudaba.

Quería estar triste, lo pensaba.

El vacío me llamaba pero los colores titilaban.

Era una agonía.

La pista número ocho atacó mi corazón,
mis oídos,
mis órganos,
mis cabellos,
mis sentidos.

Pensé en mi madre.

Las personas ya estaban de nuevo en las calles.

La ciudad era un caos.

Un caos alegre.

Lo malo era bueno.

Imaginé los sonidos de los fuegos artificiales.

Imaginé los sonidos de las balas.

Pero no imaginé que una de ellas me impactaría,
justo en el pecho,
justo antes de saltar.

Los quise.








In memory of Hannah Bond,
wait for me in the Black Parade.








Objeto


Mi isla.
Recibe viajeros cada día.
Pasan, llegan, se van,
quién lo diría.
No me interesa el turismo,
tampoco los turistas,
pero a quienes llegan abrazo,
y a quienes se van, ignoro.

Rechazo.

Mi isla,
siempre solitaria,
nunca vacía.